Soy un hombre y tengo entre 40 y 50 años y dos hijos. Me aislé mucho antes de dar positivo, envié a mi familia a otra vivienda y de esta manera rompí la cadena de contagio. Tenía claro que sólo podríamos superar esto con medidas duras.

A nadie tiene que importarle mi nombre ni mi profesión simplemente el final de mi historia y es que: estoy curado. Para salir adelante lo primordial es la responsabilidad y firmeza en seguir un protocolo. Ser ejemplar a nivel individual es la clave del beneficio de todos. Voy a contar mi historia que va desde la desesperación hasta la tranquilidad. De ninguna manera quiero dar lecciones, ni quiero ser el héroe de nadie, sólo he sido coherente y solidario. He sido uno de los primeros hospitalizados en casa.

La historia empieza el 28 de febrero a las 21.00 horas. La Comunitat Valenciana era líder en contagios y aún no había estallado en Madrid. Cuando salí del trabajo mi cuerpo se rebeló, llegué a mi casa y lo primero que hice fue ponerme el termómetro y para mi desgracia marcó 37,5. Acto seguido aislé a toda mi familia a otra vivienda sin ni siquiera verlos. Me exigí medidas extremas y rápidas. Procedí a llamar a los teléfonos de emergencia pero después de una hora sin obtener respuesta me presenté en el hospital General. Esa misma noche a las 23.00 me tomaron una muestra y me enviaron a casa. IMPORTANTE, a día de hoy el trayecto que hice hasta el hospital es un error pero entonces fue una decisión acertada. No se habían registrado aún muchos casos, era casi asintomático y requería hacerme la prueba para no contagiar a mas personas.

Al día siguiente a eso de las 11.00 de la mañana del 29 de febrero suena el teléfono. Y me comunican que soy positivo.

El pánico no se adueñó de mi pero sabía que me iba a enfrentar a algo totalmente desconocido. Al momento me puse en contacto con mi familia, con mi trabajo y con aquellas personas de confianza con las que había tenido trato: «Tengo coronavirus». Me volvieron a llamar de Salud Pública para dar mis datos y especificar con las personas que había estado. Agónico en mi habitación, indefenso y un poco paranoico. La gente comenzó a tocar las teclas para aquellas respuestas básicas: qué tomo si tengo fiebre, cómo puedo desinfectar mi casa, cómo puedo controlar los síntomas.

A medida que pasaba el tiempo los protocolos mutaban tanto o igual que el virus. Mi familia y yo tomamos la decisión de que estarían aislados, sin acudir al colegio ni al trabajo. Era una medida drástica pero que cortaría la línea de contagio.

Los sentimientos de culpa me abordaban por segundos. ¿Habré contagiado a mi familia, amigos y compañeros de trabajo? Durante 5 días completos estuve al borde de la locura. No paré de llorar, la duda me corrompía y la responsabilidad de haber contagiado a mis seres mas cercanos me comía por dentro. Ningún médico se desplazó a mi domicilio para controlarme. Por lo que durante los primeros días ejercí de paciente, doctor y enfermero. Realizaba una rutina, me tomaba la temperatura y enviaba un informe detallado por email tanto por la mañana como por la noche. El día 3 marzo me llamó mi médico de cabecera. Bingo, el paciente número 13 estaba localizado.

El día siguiente toda mi familia se hizo la prueba y a mis personas más cercanas con las que había mantenido contacto también. Por suerte, todos dieron negativo. Mis emociones reventaron en forma de llanto y pero me tranquilizó.

El día 29 de febrero fue mi último día de fiebre con 37,3 y esa noche me tomé el último paracetamol. Nunca me dio por toser ni tenía dolor de cabeza era un positivo casi asintomático. Bebí muchísima agua, hacía todas mis comidas rigurosamente y me tomaba la temperatura con regularidad, dado que solo me iba a medicar en el caso que me subiera la fiebre. Por suerte tengo una casa grande pero mis desplazamientos solo eran habitación, cocina y baño. No paré de limpiar y desinfectar mi casa con agua y lejía, utilizaba solo lo esencialmente útil un plato, y cubiertos básicos para comer. Y puse mi ropa en la lavadora a una temperatura de 60º.

En todo momento estuve en contacto con los compañeros que eran positivos. Dado que para mi era muy importante saber como evolucionaban para yo también evaluarme a mi mismo. El mantener el contacto con todos mis compañeros me estaba ayudando para dar consejo a todos los que en ese momento estaban dando positivo, para que supieran que hacer en cada momento. «Vigilad la fiebre sobre todo si es continua y de más de 38. La capacidad pulmonar es clave. Tomad decisiones». En todo momento protegí mi identidad y la de mi familia dado que la estigmatización duele más que la propia enfermedad.

Asistí estupefacto a las mascletás y a la irresponsabilidad de las personas que acudían a la calle el día 8 de marzo. Sentí que no estábamos aprendiendo nada y que por supuesto no íbamos a llegar a tiempo para controlar el virus. Las declaraciones de los gobernantes: «el coronavirus no nos puede amargar la vida». Con el fin de las Fallas comenzaba el principio de los síntomas, porque comenzaba el caos. Siempre llegó tarde todo, muy tarde. Llegó el momento de pasar el ecuador de la enfermedad, ya no tenía fiebre, tos ni dolor de cabeza como el primer día. Comenzó a llegarme el apetito, mi mujer pudo venir a verme con todo las precauciones por supuesto, mascarilla, guantes y con una distancia de separación de 1,5 metros. Al paso que yo mejoraba el mundo comenzaba a empeorar a nivel general. Más casos y más muertos. Madrid fue quien me enseñó que, la clave del virus era transitar en silencio y matar después.

El viernes día 13 me curé y me dijeron: «Eres negativo». Las lágrimas corrían por mi rostro. No soy un ejemplo que seguir ni pretendo ser un héroe pero…¡Quédate en casa! Porque les aseguro que curarse si es posible.

Fuente: El Comercio